Para que nos en-red-emos…

Por Ana María Arango

Promover la conformación de redes en sectores sociales y gremiales localizados en función de prácticas e intereses comunes no solamente hace parte de una iniciativa del Ministerio de Cultura y del Plan Nacional de Música para la Convivencia. Realmente, esta iniciativa se articula a un fenómeno transnacional que consiste en organizarse de tal manera que sea posible compartir conocimiento e información sobre temas de interés que empoderen a los actores sociales[1] y que permitan que dichos actores trabajen en función de proyectos comunes.

¿Por qué conformar una red nacional de festivales de músicas tradicionales? ¿Qué intereses pueden unir a dichos festivales? El panorama de la música popular y tradicional del país se caracteriza por su diversidad y dinamismo en todas las regiones de Colombia. Así, preguntas como ¿Qué pueden tener en común el festival de Ovejas con el Internacional del Joropo, o el de la Leyenda Vallenata con el de Rajaleñas?- más que necesarias- son inevitables cuando existe una propuesta de organizarse como sector. Para responder a dichos cuestionamientos, y a otros igual de complejos, 17 festivales representativos de todas las regiones de Colombia fueron invitados a reunirse en Sasaima, Cundinamarca del 27 al 29 de octubre de 2004.

Fueron muchas las ideas que surgieron en dicha reunión y muchas las inquietudes y los temas que quedaron pendientes. En el evento se trabajó en torno al reconocimiento y a la valoración de los festivales entre sí  y a la función y operatividad de las redes. También se expuso información sobre cada uno de los festivales asistentes y sobre el panorama de los festivales de música tradicional del país en general. Igualmente, el encuentro ofreció herramientas de tipo técnico y logístico para la realización de festivales, y se estudió la posibilidad de articular los respectivos eventos de música tradicional con el Plan Nacional de Música para la Convivencia. Finalmente, la reunión propició espacios de discusión y trabajo conjunto con respecto a los temas de gestión, intercambio y cooperación entre festivales.

Los espacios de discusión en las mesas de trabajo permitieron ver la necesidad de la organización de los festivales por campos afines a nivel musical y territorial, la identificación de sus fortalezas y debilidades, y arrojaron interesantes propuestas en pro de la consolidación de lazos entre los diferentes actores de la Red Nacional de Festivales de Música Tradicional. Dentro de las propuestas que surgieron están: Buscar la articulación entre los festivales y las políticas culturales del gobierno nacional, departamental y municipal por medio de la concertación sobre asignación de recursos; realizar proyectos conjuntos como producciones discográficas, investigaciones, giras, paquetes turísticos, calendarios, etc.; y consolidar estrategias de comunicación, información y divulgación que promuevan los vínculos entre los festivales de la Red y de las subredes regionales.

Ahora el reto es grande. Los festivales invitados, como representantes de los demás de sus regiones, tienen el compromiso de asumir el liderazgo para construir subredes que a su vez se articulen a la gran Red nacional. Sin embargo, este reto carece de sentido si no se avanza en la construcción de vínculos reales y de propuestas que realmente contribuyan a la competitividad de los eventos frente a los procesos de globalización de las culturas musicales, frente a la inclemencia del mercado y de los medios de comunicación -que la mayoría de las veces se van con el mejor postor-, y frente a un sistema jurídico que muchas veces se olvida de la importancia de los festivales como espacios de construcción de vínculos sociales y subjetividades.

La Red debe ser un espacio para comprender la función social y política de los festivales y trascender la mirada que los exotiza y los estereotipa simplemente como productos de una industria del entretenimiento que busca tener contenta a la población. El problema de los festivales va más allá de su capacidad financiera y de gestión; va más allá de la ubicación y del alcance del sonido, de las debilidades de logística, va más allá de los criterios estéticos para premiar o no a una agrupación. Los festivales, como espacios de encuentro social, cumplen una función fundamental al reconocer y legitimar prácticas, hábitos y valores éticos y estéticos. Los festivales cuestionan o avalan maneras de ser; de ser hombre o de ser mujer, de ser joven o ser viejo, de ser rico o de ser pobre, de ser del interior o ser costeño, de ser colombiano o de ser extranjero; porque el festival es un espacio de encuentro y “enfrentamiento” social y cultural por excelencia. Así, el problema de los festivales “no es sólo estético sino también ético. Una puesta en escena no sólo muestra la cultura local, sino que construye los términos desde los cuales la presenta; es decir, construye los paradigmas de visualización y escucha desde los cuales se define y valora el sentido de la cultura local” (Ochoa, 2003: 103).

Como lo plantea Ana María Ochoa, los espacios de los festivales, como los conocemos y los vivimos en la actualidad, son relativamente nuevos en Colombia. La mayoría de los festivales se iniciaron a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta y fueron liderados por las élites regionales con el fin de rescatar el folclor en medio de la industria masiva del entretenimiento (Ochoa, 2003: 102). Estos festivales, a diferencia de la fiesta popular, escenifican el objeto sonoro y lo convierten en un fin en sí mismo. Por este motivo, es importante que los festivales trasciendan la mirada que se dirige sólo a la escena musical y ubiquen su importancia en la construcción de relaciones e identidades sociales. Complejizar su función social, permitirá que los festivales se proyecten como espacios de ejercicio de una verdadera política pública y cultural y, a la vez, permitirá la proyección de sus productos tanto nacional como internacionalmente.

La Red Nacional de Festivales de Música Tradicional es una oportunidad no sólo de reconocimiento e intercambio para los actores del sector, sino además de empoderamiento frente a instancias departamentales, nacionales e internacionales, en pro del respeto, la divulgación y el fortalecimiento de las expresiones musicales de nuestro territorio nacional. Esperamos, por lo tanto, poder seguir con este espacio y consolidar en él proyectos conjuntos que permitan una verdadera articulación y reconocimiento de estos escenarios como representantes y pilares fundamentales de las culturas musicales tradicionales de Colombia.

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[1] Como lo propone Juan Carlos Gallego, “una red es un conjunto de organizaciones, a las que pertenecemos de manera voluntaria, en procura de un bien común, para poder intercambiar conocimiento, información y recursos, además de compartir fortalezas y lograr consensos”.

Área de Música del Ministerio de Cultura de Colombia

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