Por: Ana María Arango
Todas las fiestas y festivales de música tradicional son escenarios fundamentales para la vigencia y salvaguardia de manifestaciones patrimoniales que no se reducen a un “territorio musical”. Los músicos, acompañados por sus instrumentos y expresiones sonoras no son entes autónomos; sus performance y repertorios se encuentran íntimamente relacionados con la organización social, los hábitos, la política, los valores éticos y estéticos, las creencias y la cosmología de un pueblo. En este sentido, los festivales son dispositivos que tienen el poder de dinamizar y darle vigencia a todos estos elementos patrimoniales inmersos en la música o, por el contrario, apartar las expresiones de su riqueza simbólica reduciéndolas a simples bienes de consumo dentro del marco de las industrias del entretenimiento y el mercado.
Los festivales y las fiestas son espacios dinámicos que guardan una memoria colectiva; en ellos y en el arraigo que tienen en la población subyacen cientos de versiones, casi todas basadas en la tradición oral, de la historia que ha acompañado a las músicas tradicionales. Así, resulta sumamente interesante vincular a los procesos de fortalecimiento de los festivales la memoria, la construcción histórica de los sectores no solamente académicos sino también de los investigadores locales. De esta manera los festivales dinamizan las expresiones no solamente desde su práctica, sino además, desde el mundo de sentidos que tiene para la población; las formas como está se identifica con ella y construye códigos de comportamientos y valores tanto éticos como estéticos.
La música no es solamente una manifestación que acompaña nuestros eventos cotidianos o extraordinarios, no es solamente un universo de saberes ni mucho menos un mero espacio de diversión. La música es un componente fundamental dentro del cual nos construimos como personas y como pueblo; apela a nuestros sentimientos y nuestras sensaciones, en ella además aprendemos a sentir nuestro cuerpo y a asumirlo. Con ella nos comunicamos y expresamos toda clase de formas de ser y de estar en el mundo. La música es un hecho político; los sectores dominantes se legitiman en ella y los subalternos se visibilizan y resisten. Por este motivo, los festivales asumen también posiciones políticas ya que en lo que exhiben y en lo que esconden hay sectores sociales que se sienten o no reconocidos (Michael Berimbaum)
La vida musical de una nación es parte fundamental de su patrimonio cultural inmaterial. Las músicas tradicionales son construcciones sonoras de tipo comunitario e individual en donde el fin es la aprehensión de sonoridades codificadas culturalmente que permiten un alto reconocimiento de los sujetos en un sector o región. Estas músicas son transmitidas de generación en generación en medio de transformaciones y resignificaciones; no son estáticas, ellas cambian con el tiempo, son nómadas, llegan a lugares insospechados, representan a nuevas comunidades, se recrean en nuevas formas de sentir y se incorporan en los cuerpos de jóvenes y adultos asumiendo diversas funciones sociales (Pelinski).
Como señala el documento de política sobre el patrimonio de cultura inmaterial en Colombia, “las manifestaciones de Patrimonio Cultural Inmaterial son la expresión de procesos sociales complejos, dinámicos y muchas veces contradictorios razón por la cual la Política de PCI, le da una especial relevancia a los procesos sociales en los cuales está inserta una manifestación” (2008).
Hablar de Patrimonio cultural inmaterial se ha convertido en una moda; el patrimonio puede significar muchas cosas y a la vez ser nada. De acuerdo a la ley 1037 de 2006, se entiende por Patrimonio Cultural inmaterial -PCI- “los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas -junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes- que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconocen como parte integrante de su patrimonio cultural. Este patrimonio cultural inmaterial, que se transmite de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad y contribuyendo así a promover el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana”. Lo interesante del Patrimonio es la posición que asume frente a procesos de globalización que si bien no son nuevos se insertan cada vez con mayor fuerza en mentes y cuerpos, hábitos y costumbres, creencias y cosmologías de las localidades más insospechadas. Las políticas sobre patrimonio cultural inmaterial surgen como una respuesta a las relaciones desiguales entre el orden hegemónico de la sociedad capitalista occidental y sociedades que presentan formas de ser diferentes a dicho orden. En este sentido, el concepto de patrimonio es acogido por las naciones y las propias comunidades locales como un mecanismo “protector” y dinamizador de los elementos culturales que constituyen su identidad y que los diferencia.
Pero los procesos de colonización y de globalización no son nuevos ni propios de la sociedad capitalista occidental. Sabemos que la historia de la humanidad ha estado marcada por el encuentro y el choque de grupos sociales que se integran o se rechazan, se aceptan o se atacan entre sí. En el caso particular de la música de América, Bruno Nettl suscribe cinco grandes momentos de “occidentalización”:
1) La música como herramienta fundamental para el adoctrinamiento en las misiones católicas y protestantes.
2) La música militar en los procesos de colonización usada para comunicar control y poderío.
3) La música de los bailes de salón de los siglos XVIII y XIX que son base fundamental para la mayoría de las músicas que entendemos como tradicionales actualmente en Colombia.
4) La música de conciertos, especialmente la ópera y la zarzuela que a finales del siglo XIX y principios del XX representó el espíritu cosmopolita de las élites.
5) la música popular del siglo XX que se inserta en cuerpos y mentes ayudada por los nuevos medios masivos de comunicación y las nuevas tecnologías: disco, radio, televisión, cine, etc.
Estos cinco momentos de inmersión de la música centro europea en América significaron negociaciones que implicaron pérdidas y ganancias, asimilaciones y resistencias. En este sentido, las músicas populares tradicionales que tenemos ahora como el blues, el tango, el bambuco y el son entre otros, no son más que el producto de dichas negociaciones las cuales no han estado exentas de discursos de legitimación por parte de sectores tanto hegemónicos como subalternos. Toman elementos unas de otras, las universales también.
Cuando reconocemos el patrimonio cultural inmaterial de los festivales de música tradicional hay dos elementos absolutamente interdependientes e inseparables que debemos tener en cuenta: los “musicales” y los “extramusicales”. Los “elementos musicales” son aquellos que se relacionan directamente con el sonido es decir el timbre, los arreglos, el formato instrumental, los géneros musicales, etc. Los “elementos extramusicales” son todos aquellos que si bien afectan los “elementos musicales” no están directamente relacionados con el sonido: las normas del festival, los criterios del jurado, el comportamiento del público, la gastronomía, las artesanías, los actos religiosos, etc. Todos los eventos, independientemente de cómo los categoricemos (fiesta, carnaval, concurso, festival, torneo…), dan a la música un papel y un protagonismo específico en donde inevitablemente los que hemos denominado “elementos musicales” están íntimamente relacionados y son difícilmente separables de los “elementos extramusicales”. Así, la música trasciende el sonido y las manifestaciones que nos identifican hablan de nuestras normas de comportamiento, nuestros pensamientos y nuestras formas de relacionarnos en el mundo.
El etnomusicólogo Bruno Nettl, partiendo de esta compleja y delicada nominación de los “elementos musicales” y los “elementos extramusicales”, plantea que ante procesos de globalización nos enfrentamos a fenómenos de “occidentalización musical” o de “modernización”. Para Nettl los procesos de “occidentalización” implican cambios directos en los “elementos musicales” y los procesos de “modernización” se refieren a transformaciones de los “elementos extramusicales”; es decir, son cambios en los contextos de las músicas para hacerlas más competitivas. Un ejemplo de “occidentalización” es por ejemplo la inclusión del bajo en el formato de arpa de la música llanera; y un ejemplo de “modernización” es la producción discográfica de las manifestaciones más tradicionales que se presentan en los festivales como los conjuntos de marimba de chonta del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez.
Los festivales de músicas populares tradicionales y las fiestas son patrimonio inmaterial en la medida en que tienen un sentido simbólico, elementos que no se negocian, elementos que se negocian, espacios de resistencia, espacios de asimilación. Son por lo tanto escenarios vivos y dinámicos que se transforman permanentemente y que se ven obligados a responder a las realidades políticas y económicas de las naciones.
Una de las grandes paradojas a las que nos enfrentamos a la hora de pensar en el sector de los festivales de música tradicional es precisamente que son espacios que “escenifican” y en medio de la escenificación “descontextualizan” las músicas locales, pero es gracias a ellos que estas músicas se fortalecen, se dinamizan y se mantienen. Por otra parte, estos espacios, logran posicionar la música a pesar de las dinámicas que ejercen las grandes mayors que cuentan con una enorme infraestructura apoyada en las nuevas tecnologías y los medios de comunicación.
A pesar de que en medio de la “escenificación” comienza a existir una especie de “descontextualización”, a pesar de la distancia artista/ público y de las leyes, códigos, normas y parámetros que rigen los eventos (sobre todo cuando se trata de concursos), lo cierto es que alrededor de la puesta en escena en contextos sociales paralelos a ella, hay todo un universo simbólico que se recrea en la comunidad que se reúne, se reconoce e identifica en su cultura musical.
La fiesta popular cívica o religiosa, en contraposición con el festival se caracteriza por la ausencia de un escenario estático como eje principal y la ausencia de la división artista / público. Si bien hay músicos profesionales que son ampliamente reconocidos y remunerados por la población, en la fiesta la comunidad participa ampliamente del performance musical. Las fiestas patronales de San Francisco de Asís (San Pacho) en Quibdó (Chocó) por ejemplo, cuentan con una estructura que coloniza todas las calles y espacios públicos y privados en medio de procesiones religiosas en honor al santo y en medio de desfiles que implican música, danza, vestidos especiales de carnaval y carrozas temáticas con críticas y denuncias sociales y políticas. En esta dinámica el pueblo tiene una amplia participación, no hay espacios ni una territorialización especial con VIP. Este tipo de fiestas religiosas no son exclusivas del Pacífico colombiano ni mucho menos de Colombia, las encontramos en el resto de América Latina y en el mundo católico europeo.
Pero muchas de las fiestas tanto cívicas como religiosas en el mundo, han asumido nuevos procesos de “escenificación” y “espectacularización” y con ellos, muchas veces procesos de privatización. Esto quiere decir, que para volverse más sostenibles pueden cobrar el acceso a ciertos espacios o recibir dinero de grandes empresas (por lo general licoreras) a cambio de publicidad; esta condición puede resultar contraproducente en la medida en que la empresa privada pone las condiciones y éstas rara vez se vinculan a criterios en los que se privilegian elementos patrimoniales.
Otro de los fenómenos que podemos encontrar es que dentro de los procesos de “espectacularización” las fiestas tradicionales, en su mayoría de carácter religioso, asumen nuevos elementos de la escena carnavalesca mundial. De esta manera, el Carnaval de Rio de Janeiro se ha convertido en un referente para otro tipo de festividades. Siguiendo con nuestro ejemplo de las Fiestas de San Francisco de Asis en Quibd’o, se adoptan nuevas estrategias para la puesta en escena, los vestidos en los desfiles cambian su estética tratando de parecerse a la estética global de carnaval. Sin embargo el fervor y la religiosidad siguen presentes y los absurdos encuentros entre lo sagrado y lo profano siguen siendo el común denominador de la festividad.
Otra es la realidad de los festivales de música tradicional que nacen con la misión de visualizar y fortalecer mediante la puesta en escena las expresiones locales y regionales. La mayoría de estos festivales responden a la necesidad del sector de generar espacios de circulación debido a la poca apertura de los medios y la industria fonográfica para divulgar las manifestaciones tradicionales.
Independientemente del carácter del evento; fiesta, carnaval o festival… independientemente de si es público o privado, con espacios abiertos o cerrados, todos estos escenarios son parte del patrimonio inmaterial de la nación. Algunas fiestas son patrimoniales en sí mismas y otras son plataformas fundamentales para la dinamización de expresiones que han tenido arraigo y sentido en las comunidades por generaciones. Por otra parte, es importante aclarar que si bien el festival a diferencia de la fiesta no contiene un sentido religioso, esto no quiere decir que no es posible que con el tiempo se convierta en un evento con un gran arraigo popular y un sentido de identidad transmitido por generaciones. Por otra parte, si bien el festival se caracteriza por privilegiar unos espacios para la puesta en escena, como dijimos anteriormente, éste cuenta con puntos de encuentro del sector y de la comunidad paralelos que convierten al evento en un gran festín lejos de normas, criterios de evaluación, tiempos restringidos y categorías.